De modo que Gaskell tuvo que afilar muy mucho el lapicero para que su escandalosa historia estuviera convenientemente arropada por la más impecable moral cristiana. Se suceden las citas bíblicas (no falta María Magdalena, por supuesto), y la misma Ruth tiene algo de redentora, de sí misma y de cuantas mujeres han pasado por su misma situación. Gaskell ya había tratado el tema de los trabajadores en Mary Barton y sus lamentables condiciones de vida; de hecho, una de las compañeras de Ruth en su extenuante taller de costura es una tal Fanny Barton, como para trasladarnos a aquel mundo de explotación y miseria y a los trágicos destinos de las mujeres que, como la tía de Mary, son arrastradas por un hombre malo, falso, engañador. Aquel personaje quedaba entonces difuminado en un segundo plano que no ocultaba su condición de protagonista de otra novela todavía no escrita. No es el caso de Ruth: ella no cae en los abismos de la miseria ni de la degradación; al contrario, es un ejemplo de cómo una mujer llevada a esos límites es capaz de salir adelante con orgullo y una inmarcesible honestidad.
Pero Ruth también necesitaba un salvador. En aquella época, habría resultado del todo inverosímil que una madre huérfana y soltera, sin oficio ni beneficio, hubiera podido salir adelante. Hacía falta alguien que, como Gaskell, tuviera la suficiente capacidad de comprensión y de rigor con respecto a sus propias leyes morales para que Ruth tuviera una vida digna. Ese personaje es el señor Benson, un párroco dissenter, una buena persona que acoge a Ruth y la lleva a su casa junto a dos personajes que bien podían haber salido de Cranford, que se acababa de publicar: su divertida y algo estrafalaria hermana, que renunció a un matrimonio —que tampoco le entusiasmaba mucho— por cuidar de su hermano, y la todavía más divertida Sally, una vieja criada que recuerda, otra vez, a la nodriza de Julieta (¿habrá contado alguien cuántos personajes inolvidables ha inspirado esa mujer?). Benson es Gaskell y también las dudas del lector. ¿Debe pagar una muchacha inocente y su aún más inocente criatura los desmanes de un señoritingo? ¿Es justo que se la repudie y se la arroje a la indigencia y la prostitución? ¿En nombre de qué religión? ¿En nombre de qué dios? La solución de Benson es la más sensata desde el punto de vista literario: la ficción de que Ruth no es adúltera sino viuda.
Gracias a esa impostura, la sociedad biempensante la reconoce como lo que verdaderamente es. El señor Bradshaw, estricto hasta el delirio (y que se mofa de los dissenters, lo que daría para mucha conjetura social), le ofrece a Ruth nada menos que la educación de sus hijas, entre ellas Jemimah, otro de esos personajes que crece hasta ganarse el derecho a una novela propia. Es precisamente esta muchacha, y los celos que siente de que el galante —y buen tipo— Walter Farquar se canse de sus desdenes y empiece a mirar a Ruth con buenos ojos, la que da pie a una trama que alterna referentes conocidos, porque si el trágico principio, el arrebato de amor, la cobardía del currutaco, su repelente madre, el embarazo, etc. nos recuerdan a las intensidades cardiacas de las Brontë, sin embargo las intrigas amorosas que introduce Jemimah son como un regreso al mundo de Austen, al tiempo que el mundo del señor Benson y sus mujeres es un plácido navegar por el costumbrismo a lo Cranford. Esa parte central, larga y sinuosa, repleta de momentos deliciosos, de paisajes deslumbrantes y de esa especialísima capacidad de Gaskell para hilar una historia sobre hechos cotidianos y menudos, es lo que más disfruta uno de la novela, el arte de la proporción, de no asfixiar el relato con la trama ni tampoco empantanarlo de inacción, sino disponer las proporciones necesarias para que el lector presencie, esté presente en la novela.
De modo que, cuando el petimetre reaparece, el misterio se desvela, los moralistas enloquecen y el cielo se llena de nubes negras, la novela tiene que lidiar con la tormenta y lo hace con un creciente pathos que en ocasiones, como digo, puede resultar en exceso melodramático. Ruth se convierte en santa, se entrega a su propia bondad, más de lo que cualquiera de los que han aprendido a quererla hubiera considerado justo, en un difícil equilibrio entre la integridad moral y las concesiones a los voraces moralistas. Quizá por eso el final no fuera del agrado de Brontë, porque no hay triunfo en el dolor, porque Ruth ya ha pagado lo que de todas formas nunca tuvo por qué pagar, y porque la pudibunda sociedad que la condenaba no se merece los esfuerzos que hace ella para dignificar su nombre y, sobre todo, el de su hijo Leonard. Pero esa santidad de cánticos celestiales, comparada con el cálido fluir de la novela entera, se hace un poco aparatosa, por más que uno sepa que en su momento era incluso necesaria: para Elizabeth Gaskell era el precio de su propia valentía.





